Todo comenzó cuando conocí a La dama del alba

Experimentar el gusto por el teatro puede empezar a temprana edad y aunque Guatemala no es un país donde se posea una apreciación significativa por el mismo, un escenario puede convertirse en un punto de encuentro que nos hace sentir vivos.

A los trece años, hice por única vez un examen de recuperación. Gracias a esas vacaciones donde obligatoriamente permanecí en casa, tuve la oportunidad de leer La dama del alba de Alejandro Casona.

Fue gracioso porque este libro formaba parte de los textos requeridos para la clase de idioma Español y no lo leí cuando debía. Obviamente, saqué una calificación baja en la comprobación de lectura. El caso es que hice esta lectura a destiempo; leí el libro durante mi descanso de fin de año.

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Esa lectura me cambió la vida. Empezó a despertar mi amor por el teatro. Posteriormente, leí otras obras teatrales y también asistí a presentaciones de teatro clásico, musical y contemporáneo. Desde tragedias griegas, hasta autores más actuales como Tennessee Williams. No volví a ser la misma persona al conocer cada una de esas historias dramáticas escritas en diversas épocas y contextos. 

La escritura es mi vocación, pero el teatro también me cautivó desde esa época de adolescencia caótica. Deseaba renunciar a mi rol de espectadora de los escenarios para tomar un papel más activo: el de actriz. 

Resumiré esa historia: sí he tenido oportunidad de subirme a escenarios y esas vivencias me han transformado en muchos sentidos. De todo esto, lo único que me entristece es que el gusto por el verdadero teatro, se ha convertido en una excepción y no en una regla en Guatemala e incluso en otros países latinoamericanos. 

En los colegios y escuelas, la visita anual al teatro se percibe como “el tiempo libre” dentro del cronograma del año. En los planes de fin de semana, disfrutar de una puesta en escena y pagar una entrada en taquilla, es simplemente impensable para la mayoría. Lo cierto es que el interés en asistir a eventos de este tipo suele ser prácticamente escaso.

Sin embargo, no quiero que este texto se convierta en un muro de lamentos al respecto. Acepto la situación tal cual es y a pesar de ello, subiré a un escenario en cuanto me sea posible nuevamente, pues por muy pequeña que sea una audiencia, esa energía colectiva que emana, siempre será el motor que impulsa a cualquier actor o actriz a dejar lo mejor de sí en las tablas. 

No obstante, me gustaría preguntarle a los lectores: ¿Cuándo fue la última vez que asistieron a una presentación de teatro? Si la respuesta es una fecha lejana en el tiempo, espero puedan indagar en las diferentes carteleras teatrales guatemaltecas. 

Quizás al asistir a las presentaciones, algunos descubran que ver teatro simplemente no es lo suyo, pero estoy segura de que habrá otros que podrían experimentar ese lenguaje místico y único que solamente el escenario puede transmitir.

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