“Tonelito” y los símbolos de resistencia

“Tonelito”, el tonel verde que se ha vuelto ubicuo en las manifestaciones nacionales puede parecer trivial, pero dice bastante sobre las manifestaciones por la democracia. Me propongo explicar por qué un bote plástico se volvió un símbolo de resistencia y como esta resignificación de los objetos es más común de lo que parece.

Las recientes manifestaciones por la democracia nos ha dejado muchas cosas: las movilizaciones más grandes desde que existe Guatemala, un reconocimiento sin precedentes de los liderazgos de los pueblos indígenas y un resurgimiento de la cohesión social y el sentido de comunidad que estaba en decadencia – en particular después de la pandemia. 

Se pueden escribir libros sobre todo lo ocurrido en los últimos meses y seguramente así se hará, relatando los sucesos monumentales de este movimiento. Pero no solo lo grande se debe recordar, hay cosas pequeñas, detalles triviales, que pueden parecer insignificantes, pero que al verles con más pausa, evidencian algo importante sobre este momento. 

Es sobre uno de estos detalles que quiero reparar: “Tonelito”, apodo que se le dio al tonel verde de la municipalidad que apareció “caminando” detrás de un reportaje periodístico, volviéndose viral. Aunque no lo parezca, “Tonelito” es una adecuada simbolización del movimiento; me explico.

Su origen

“Tonelito” es, literalmente, un producto de las calles, un bote de plástico utilizado por la municipalidad para regular el tránsito. No es un símbolo impuesto por alguien, sino que surgió de manera orgánica, del pueblo para el pueblo.

De la misma manera, este movimiento social, que inició de forma masiva el 2 de octubre, es producto de las calles, es producto del pueblo. Las manifestaciones han tenido lugar casi exclusivamente en las calles, ya sea con marchas, bloqueos o manifestaciones frente a edificios públicos. Era inevitable que uno de los símbolos de este movimiento también surgiera de las calles.

El simbolismo

Puede ser atrevido de mi parte decir que “Tonelito” sea uno de los símbolos del movimiento por la democracia, pero parece ser así. Después de su primera aparición, ha aparecido en arte, memes y hasta videojuegos. Hay algo poético en esto: el tonel se usa por el gobierno y se asocia con él, pero ahora se usa por y se asocia con el pueblo. De la misma manera que el movimiento por la democracia surge de un pueblo que pretende reivindicar su poder, el cual le delegó a un gobierno que no lo quiere devolver.

Tonelito” es un niño cuya genialidad consistió en ponerse un tonel en la cabeza al terminar una manifestación, evidenciando y representando la participación de las juventudes en este movimiento. Las juventudes han estado presentes, no solo en las manifestaciones como tal, sino también en la política y la reconstrucción del Estado.

La diversidad etaria del movimiento es causa y consecuencia de su naturaleza pacífica, que ha permitido a personas de todas las edades salir a las calles a expresar su voluntad y a su vez, recuperar espacios públicos otrora inaccesibles. En las calles se ha visto un sinfín de actividades, desde clases de yoga hasta shows de trapecio, partidas de fútbol y talleres de pintura, bailes de todo tipo y claro, muchos “Tonelitos”. Distintas expresiones del movimiento se han caracterizado por la diversión, la comunidad y la ternura radical. No ha faltado la comedia ni las risas, así como las que producen algo tan absurdo como un tonel con piernas.

Una Tabula rasa

Los símbolos lo son por su significado: incluye a quienes se identifican con ellos y excluyen a quienes no. Guatemala tiene muchos símbolos: la bandera, la monja blanca, la marimba, pero ninguno de ellos es totalmente incluyente. Pues, por razones cuya explicación no cabe en este texto, siempre habrá (habremos) quienes no se identifican plenamente con la historia y significado que conllevan.

Ahí entra “Tonelito”: un bote sin significado previo o carga histórica alguna. El carácter neutro y ahistórico de “Tonelito” es lo que permitió su adopción masiva. Cualquier persona podía identificarse con este, con el simple hecho de ser partícipe o creyente del movimiento por la democracia. Y así ha sido el movimiento: incluyente, colectivo, permitiendo y dando lugar a la unión de grupos usualmente separados, divididos o excluidos.

Su (falta de) belleza

Tonelito” no es particularmente estético, está roto y descuidado. Probablemente no sea adoptado masivamente como la Wiphala o la máscara de Guy Fawkes, ni se verá en gorras o playeras. Pero eso está bien, porque así es Guatemala: una tierra rota y descuidada, maltratada por la corrupción, la guerra y la desigualdad – un pueblo profundamente dañado, que aún así resiste, que aun así camina, que aun así sonríe.

Los símbolos “orgánicos” de resistencia

¿Estoy sobre-analizando un bote de plástico que un niño se puso en la cabeza por diversión? Tal vez, pero creo que no. Es posible que el niño no supiera que su disfraz se volvería un símbolo de resistencia, pero los mejores símbolos no se crean, se descubren.  

Ha habido muchos sucesos durante este movimiento que bien podrían haber tomado el lugar de “Tonelito”: las vuvuzelas que resuenan en las calles, el encircle de motocicletas en la Bethania, las miles de consignas que se han visto en pancartas. Pero ninguno de estos ha tenido la adopción masiva que ha tenido Tonelito y creo que eso se debe a que, consciente o subconscientemente, el pueblo se ha sentido particularmente identificado con Tonelito”, quizá por las razones que ya he descrito, quizá por otras.

“Tonelito” es sólo uno más en una larga lista de símbolos que yo les denomino símbolos “orgánicos” de resistencia. Aquellos que responden a un espacio geográfico, temporal y contextual específico y que hacen poco o ningún sentido fuera de él. 

Tal es el caso de “Handala”, el dibujo de un niño Palestino que no crecerá hasta que logre retornar a su tierra. Su ropa sucia y desgarrada simboliza su pertenencia a un pueblo mantenido en la precariedad. También es el caso del “Movimiento de las Sombrillas”, una serie de manifestaciones por la democracia en Hong Kong cuyo nombre (y simbolismo) surgió de manifestantes que usaban sombrillas para protegerse del gas lacrimógeno. 

O los chalecos amarillos (gilets jaunes) en Francia, que por ley deben mantener los conductores en sus vehículos; se volvieron el uniforme extraoficial de quienes protestaban las injusticias económicas. Las semillas de girasol, que se volvieron símbolo de la resistencia ucraniana después de que se viralizara un video donde una mujer le dice a un soldado ruso: “Pon estas semillas de girasol en tu bolsillo, para que florezcan en tierra ucraniana cuando mueras”.

O el “Perro Matapacos” de Chile, el can de pelaje negro y pañuelo rojo que aparecía en primera línea de las manifestaciones de 2011 ladrando e intentando morder a los “pacos” (la policía). Durante el estallido social de 2019-2020, el Perro Matapacos se volvió un símbolo de dignidad y de resistencia contra la brutalidad policial. 

Los símbolos caracterizan, identifican y unifican movimientos. Cuando se escriba la historia sobre cómo el pueblo guatemalteco defendió la democracia en 2023, sin duda se hará mención a “Tonelito”, no creo que el niño que se puso el bote lo hubiera imaginado.

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