Un viaje por nuestro mar interior

La salud mental es como un océano, es calmo con frecuencia, pero algunas veces se agita con tanta fuerza que tendemos a ahogarnos. Sin embargo, con el tiempo he aprendido que hay una gracia y es que tenemos la capacidad de crear salvavidas, barcos y submarinos para navegar en nuestras aguas turbulentas. Podemos salvarnos a nosotros mismos, porque al final del día, es nuestro océano y nadie nos va a salvar de nosotros mismos, más que nosotros.

No pasa nada si es demasiado para ti, puedes tomarte un pequeño descanso.

Snooze, Agust D.

Hace poco quería volver a escribir sobre la salud mental, en realidad puedo decir que tengo mucho que decir, pero es la primera vez que siento que no sé con certeza en  dónde enfocarme. A lo largo de estos años he visto como la salud mental está en tantos aspectos de nuestra vida (misma que tendemos a ignorar con frecuencia) que parece hasta poco real ver como creo que al final del día, la salud mental lo es todo. 

Sin embargo, esta vez vengo con algo más general. Hablemos de salud mental. Tengo la costumbre de que cuando hablo sobre la salud mental siempre tiendo a tratar un solo tema porque se me da mejor hablar con algo que conozco bien. Un día hablé sobre lo que es acompañar a alguien con ansiedad y ataques de pánico diagnosticados, en otro momento hablé sobre la salud mental en alguien enfermo y también sobre la salud mental que engloba el deseo de una excelencia académica que cuesta alcanzar.

No obstante, esta vez les vengo a hablar de una experiencia propia, cuya aclaración hago: NO DEBEN HACERSE UN AUTO-DIAGNÓSTICO CON LO QUE LEAN. Lo pongo en mayúsculas para que puedan tomarlo en cuenta desde este momento. 

Hace aproximadamente unas semanas experimenté algo nuevo, pero para que tengan un poco de contexto, aquí les va. Desde que soy pequeña he tenido la habitualidad de tenerle un terrible miedo al hecho de vomitar. Cada vez que me enfermaba del estómago, lo primero que hacía era llorar y negarme a hacerlo. Para mí estar en este estado me hacía sentir aún más enferma. En mi casa (y yo misma) nunca le prestamos suficiente atención. Creímos que, por naturaleza, a todos nos causa asco y repulsión el vómito y es algo que es así. Incluso, de pequeña se tomó por algo normal, puesto que es bastante común que a los niños les cause repulsión el acto de vomitar. Por eso supimos que yo le tenía cierto grado de asco al evento cuando crecí y con 15 años, me vi llorando aun cuando me enfermaba del estómago. 

La cuestión está en que, hace unos meses luego de que mi papá enfermara y a causa de lo mismo, tuviera como síntoma el vómito, desarrollé ciertos comportamientos y síntomas cuestionables. Para resumirlo, soy de las que tan pronto ve que a mi papá se le sube la presión, le duele la cabeza, le da gripe o come algo en descomposición parcial, ya considera y asume que en pocas horas o al día siguiente va a vomitar. 

Eso me genera síntomas bastante difíciles de lidiar. Algunos de estos son: cólicos estomacales, náuseas, insomnio y sudoración helada. Solo consigo tranquilizarme con calmantes naturales. Los comportamientos los pasaré por alto porque NO quiero que piensen que mi acción puede ser un método accesible, solo digo que comencé a realizar actos y rutinas que me aseguraran que mi papá no vomitara. Y ante esto, yo sé que están mal y son cuestionables en todo el sentido de la palabra.

Entonces, un día todo dio más de lo que siempre había dado. Si me dijeran como lo grafico diría sin duda que, la salud mental es como una liga para cabello, viene nueva y poco a poco va dando de sí con el uso y te sigue funcionando siempre y cuando te sujeté el cabello, pero ¿qué se hace cuando lo intentas agarrar y la liga se cae? La salud mental es la liga que da y da, pero que NUNCA debemos dejar que ceda tanto para que no nos sujete. 

Yo cometí el error de llevar esto hasta que la liga se me cayó, entonces tuve que buscar ayuda. Actualmente, estoy diagnosticada con emetofibia (fobia al vómito), esta fobia es derivada de los trastornos ansiosos y lo que siento antes, durante y después de un evento como estos, es ansiedad. Y ahora, va otra verdad. Aún no la supero y sigo sin poder enfrentarme a ella. Sigo teniendo un miedo excesivo al evento y estoy aprendiendo poco a poco a solucionarlo.  

He conseguido algunos métodos recomendados por el psicólogo que me han ayudado, como por ejemplo la terapia de respiración. Les adjunto un video que encontré hace unos días que es de un psicólogo emergente que te enseña a hacer respiraciones de una forma efectiva. (Aquí) 

A mí en lo personal me ayuda bastante a calmarme cuando siento que mi corazón se acelera o me vienen ideas de que algo va a suceder. Otra es hacer estiramientos y cuando siento que todo va muy avanzando, sumerjo mi rostro en agua fría con hielo y me quedo ahí hasta lo más que aguante. 

Lamento decir que no tengo una respuesta aun de como lo solucioné, estoy en el proceso, pero les cuento esto porque creo que no hay mejor forma de conectar con ustedes que hablando desde mi experiencia. Siempre les he dicho que debemos ayudar a las personas que necesitan de nosotros, pero de vez en cuando, la situación la vivimos nosotros mismos. No somos salvavidas de nadie, más que de nosotros mismos. Por eso, si en algún momento de su vida sienten que sus aguas mentales se alteran o que la liga se estiró demasiado, NO duden en buscar ayuda. 

Somos nuestra mayor responsabilidad en este mundo y mantenernos saludables mental, física y espiritualmente es algo que nos corresponde solo a nosotros mismos. No pospongan el buscar ayuda solo porque piensan que lo que sienten no se ve como algo gigante. Si dentro de ustedes se siente esa sensación pesada y tormentosa, es el momento justo para ir y decir: NECESITO AYUDA y buscarla. 

Quiero decirles que nuestra salud mental es como un océano, es calmo con frecuencia, pero algunas veces se agita con tanta fuerza que tendemos a ahogarnos. Sin embargo, con el tiempo he aprendido que hay una gracia (no sé si sea divina) y es que tenemos la capacidad de crear salvavidas, barcos y submarinos para navegar en nuestras aguas turbulentas. Podemos salvarnos a nosotros mismos; porque al final del día es nuestro océano y nadie nos va a salvar de nosotros mismos, más que nosotros.

Está bien detenernos, decir que estamos mal y cambiar el rumbo de nuestro camino en busca de mejorar las cosas. No tengan miedo de dejar ir un curso, de dejar esa relación, de dejar el trabajo, de buscar ayuda psicológica por enfermedad o por un miedo que se les cuela con habitualidad. Nada está lo suficientemente roto como para no poderse arreglar. 

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