Visita inesperada a mi madre

Visita inesperada a mi madre es un relato corto inspirado en la coyuntura nacional de los últimos meses y en los sucesos de todo año electoral, el relato toma como metáfora una madre enferma y agonizante y un narrador preocupado e impotente por la gravedad de la enfermedad de su madre para retratar la situación actual de la política guatemalteca. Situación que causa tristeza, preocupación e impotencia en los corazones de todos los guatemaltecos, porque como decía el escritor dominicano Francisco Moscoso Puello, por la patria se sufre, el dolor de la patria se transforma en un dolor personal.

Entro a la habitación y la veo, desparramada patéticamente en el viejo sillón color bermellón. Viste aquel viejo y sucio pijama rosa con flores celestes que se pone cuando la tristeza era tan insoportable como una terrible jaqueca y su mirada es aquella mirada triste, que cada cuatro años religiosamente se vuelve a posar en sus ojos. 

Yo ya me sospechaba el motivo de su tristeza desde que había puesto los pies en el umbral de la puerta, sabía muy bien que su aflicción tenía que ver con las decisiones tomadas hace cuatro años atrás. 

-Madre mía, dime qué puedo hacer para aliviar tu dolor, dime cómo curo tus heridas. ¡Dime madre mía por qué no sigues mis consejos! ¡Por qué volviste a tropezar con la misma piedra! – imploro mientras me arrodillo junto a ella. Pero, aunque lágrimas broten de mis ojos, ella parece no escucharme, porque ninguna palabra sale de su boca y mantiene su mirada inexpresiva, fija en la pared. 

Al ver el dolor de mi madre, experimento dos sentimientos: El primero de ellos es el dolor, la agonía que me provoca el verla sufrir. Lloro porque sé que su necedad la llevará a la tumba. Lloro porque no me gusta verla destruida y acabada. Lloro porque me duele que la engañen con patrañas baratas. El segundo sentimiento es la ira, el enojo. ¡Por qué no me escucha si le he dicho miles de veces la solución para poder deshacerse del terrible dolor que la aqueja! 

 

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De la ira caliente que me causa su terquedad, vienen los pensamientos de dejarla. ¡Al diablo, no la aguanto más! Me dirijo decidida a mi habitación para tomar mis pocas posesiones; entre más pronto me vaya, mejor. Pero mientras junto mis pertenencias, me invaden los recuerdos.

Recuerdo cuando celebramos el cumpleaños de mi madre cada 15 de septiembre, ese día mi madre organiza un almuerzo especial junto a sus cuatro mellizas y todos sus hijos nos sentamos en la gran mesa del comedor, escuchando sus fantásticas historias. Recuerdo aquellas noches de lluvia, cuando me acurruco junto a ella con una taza de chocolate caliente. Mientras oigo el dulce sonido de la lluvia, ella me lee en voz alta libros de José Milla y de Miguel Ángel Asturias (sus hijos predilectos). Recuerdo de los divertidos bailes de marimba en el gran salón de la casa. 

¡No! No puedo dejarla, mi corazón está tan entrelazado al de ella que, de marcharme, la separación me causaría más sufrimiento a mí que a ella. 

 Me asomo nuevamente a su cuarto y veo a mi madre tan rota, tan desgastada, que me lanzo a ella rodeándola con mis brazos. Lloro inconsolablemente en su regazo. – No te mueras madre mía, por favor no te mueras, no estoy lista para verte expirar. – Siento su mano posarse sobre mi cabeza, me acaricia mi cabello. 

– Ay, hija mía. Moriré pronto, lo siento en mis huesos, en mi falta de aliento, en el dolor de cuerpo. – me responde con un hilo casi inaudible de voz.   

– No todo está perdido madre querida, si tomas la medicina que te recetó el doctor no morirás. Eres fuerte y te recuperarás de este trance amargo. –respondo.

De repente, mis ojos se posan en el libro de historia que está sobre la mesita de noche de mi madre. El condenado libro todavía tiene el plástico protector de la tienda (lo que quiere decir que mi madre volvió a desobedecerme y no acató las sugerencias del médico).

– Pero ¿qué es esto, madre mía? – exclamó mientras tomó el libro en mis manos. – ¿Qué no te dijo el doctor que debes de conocer tu historia para poder curar esa endemoniada amnesia que te controla y te hace cometer estupideces? ¡Cómo es posible que ni siquiera hayas abierto el libro!

– Yo no necesito seguir los cuentos del doctor ese. Ayer tu hermano Judas Vendepatria me ha dicho que no me preocupe, que él me va a reconstruir, que él traerá la medicina ideal. 

Mi pobre madre se deja embaucar cada cuatro años por los discursos charlatanes de unos hermanos míos, que solo buscan ganarse su confianza para vaciar su cuenta bancaria. ¡Ay Coactemalán querida, no puedo salvarte y tampoco puedo imaginarme la vida sin ti!

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